Tengo las piernas cansadas, las rodillas frías, y mis pies dan tropezones. Tengo el alma ennegrecida, la lengua humedecida y un corazón que sangra a borbotones. Una garganta que ladra, una cabeza que piensa y que por andar despacio y tan tiesa, se engaña con migrañas cada mañana porque nadie me acompaña. Los codos arrugados, y en las palmas de mis manos árboles que mueren a causa de mis pecados.
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